viernes, 1 de septiembre de 2017

Epílogo



Adolfo releía por enésima vez la carta de María cuando unos golpes en la puerta vinieron a sacarle del bucle en el que se había metido su cerebro.
Abrió la puerta del estudio y allí estaba ella:
─ Don Adolfo, si Vd. tiene la bondad puede bajar cuando quiera al comedor que la cena ya está lista…
─ Menos guasa, Pepa, ni tanto ni tan calvo, que siempre hay medias tintas.
─ No le he entendido ni papa, pero si Vd. lo dice… Bueno, ¿sirvo la cena o no sirvo la cena?
─ Sí, ve sirviendo la cena que yo bajo en cuanto me lave las manos.
Adolfo, después de las abluciones, bajó al comedor y ambos cenaron en absoluto silencio.
─ Bueno, ¿es que no puedo enterarme de nada de lo que está pasando?─ Soltó Pepa que estaba ya a punto de sufrir un infarto.
─ Pues que la señorita María no tiene ni la más mínima intención de casarse conmigo. ─ Resumió Adolfo.
─ Entonces el problema ya está arreglado, ¿no?
─ La verdad es que no lo sé.
─ ¡Cómo que no lo sé! ─ Le remedó Pepa con guasa.
─ Pues sí, Pepa, no lo tengo tan claro. Sobre todo desde que estoy empezando a conocer a la señorita María, no lo tengo nada de claro…
Pienso que será mejor dejarlo aquí, mientras Adolfo sigue pensando en María y Pepa sigue pensando que él está loco de atar, aunque tal vez entre Adolfo y María pudiera contarse otra historia.

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