Rigoberto



Capítulo 1.- Rigoberto

         La verdad sea dicha, Rigoberto era feo de solemnidad. Además de tener ojos saltones y una nariz casi imperceptible poseía una boca que era casi un repliegue de la piel de su cara; todo lo cual le confería un aspecto de batracio con un pelo negro e hirsuto coronando su más que abultada cabeza que contrastaba con aquel cuerpo pequeño y encorvado y aquellos andares con las piernas separadas que le hacían parecer una rana a punto de saltar.
         Vivía en una casucha al final de la calle principal (sólo había una) de la aldea. Su familia pasó por allí con una troupe de malabaristas hacía ya casi veinte años y se dejaron “olvidado” en el pajar al pequeño Rigoberto que no tendría más de dos años. Ya fuese por pena o por la curiosidad de ver la evolución de aquél ser horripilante, los vecinos lo alimentaron, lo cuidaron y así llegó a lo que ahora era: un joven feísimo pero una bellísima persona con un gran corazón que ayudaba a propios y extraños en todo lo que hubieran menester.
         Cierto día, alguien le habló del río que pasaba por la ciudad y, aunque Rigoberto le sometió a un interrogatorio exhaustivo, nuestro amigo no era capaz de hacerse una idea visual de aquello que le habían contado. Tan intrigado quedó, que no paraba de preguntar a todo el mundo cómo era un río y por más explicaciones que le dieron los que habían ido a la ciudad (que no eran muchos) no se quedó conforme, de tal manera que una idea fue tomando fuerza en su mente: Iría a la ciudad para ver el río.
         Para conseguir el dinero necesario habló con sus vecinos y se ofreció para realizar todos los arreglos de los desperfectos que habían sufrido en tejados y cercas antes de que llegasen los meses de más frío. Todos estuvieron dispuestos a aceptar sus servicios y pagarle lo justo por su trabajo por lo que pronto Rigoberto inició la labor con la pericia y el entusiasmo con que siempre abordaba las cosas que hacía.

 




Capítulo 2.- Comienza el viaje

         Rigoberto estuvo ahorrando durante tres meses el dinero que pudo para realizar el viaje a la ciudad. Tendría que caminar durante dos días para llegar a la carretera principal por donde pasaba el autobús de línea que le llevaría directamente al lugar soñado: la ciudad.
         Al fin, en los albores de la primavera, con un zurrón a la espalda lleno de comida que le habían regalado sus convecinos, el muchacho tomó el camino de sus anhelos con una sonrisa (que era más bien una mueca) iluminando su cara.
         Tenía que seguir el camino hasta un cruce, doblar a la derecha y continuar hasta una venta donde debería llegar al anochecer, si caminaba a buen paso.
         Antes de que el sol se ocultase tras el horizonte vio a unos centenares de metros el edificio de la venta. Se paró en la puerta antes de entrar y escuchó como un hombre gritaba a pleno pulmón:
         ¿Cuántas veces te tengo que repetir las cosas? ¡Eres una criatura estúpida y nunca llegarás a nada importante en la vida! ¿Cómo he podido criar una hija tan tonta? Tendría que haberte abandonado cuando naciste. Trae cubos de agua del pozo que tengo que lavarme. ¡Date prisa que se deshilacha la tarde!
         Rigoberto estaba paralizado por efecto de aquel vozarrón y dudaba si sería buena idea cruzar la puerta y entrar en la venta. Cuando estaba a punto de volverse atrás y seguir caminando, una joven salió con un cubo en cada mano.
         Aquella chica era la más hermosa que había visto en su vida. Aunque vestía una bata de color gris que no la favorecía mucho, se podía observar la armonía de sus formas y, sobre todo, la radiante belleza de su rostro enmarcado por aquel cabello rubio como el trigo maduro y donde destacaban sobremanera unos ojos azules que ahora estaban anegados en lágrimas.
         A Rigoberto el corazón le dio un vuelco al ver el llanto que afligía a la muchacha y no pudo menos que preguntar:
         ¿Por qué lloras? ¿Quién te gritaba con tanta furia?
         La chica le miró y, aunque un tanto incómoda por la fealdad del muchacho, consiguió articular en medio de sollozos:
         Mi,… mi padre,… es mi padre…
Pero, ¿por qué te riñe con esos gritos destemplados?
Porque, según él, no hago las cosas como debiera para que la venta esté limpia y acogedora.
Rigoberto después de escucharla, y dado lo generoso de su corazón, decidió que debía quedarse y tratar de ayudar a resolver los problemas entre padre e hija.




 Capítulo 3.- Anita y su padre

         Con paso decidido penetró en la venta. Una espaciosa estancia con varias mesas y bancos, amén de una chimenea al fondo, una escalera que arrancaba a la izquierda para subir a la planta alta y un pequeño mostrador a la derecha tras el que había dos grandes barricas era todo lo que se ofreció a la vista de nuestro personaje cuando, después de atravesar el umbral sus ojos, se acostumbraron a la penumbra reinante.
         ¡Bienvenido, joven viajero! escuchó decir a una voz que no sabía de dónde procedía, aunque la identificó perfectamente como la del padre de la chica.
         Cuando estaba tratando de ubicar al dueño de la voz, una calva emergió de detrás del mostrador y, rodeándolo, salió por uno de sus extremos. ¡Vaya sorpresa, pensó nuestro amigo, el padre de la muchacha era un enano!
         Buenas tardes, señor ventero, sólo deseo una cama para dormir y alguna compañía para charlar un rato.
         La verdad es que no es Vd. demasiado exigente pero en estos momentos la única compañía que tendrá en la venta es la mía y la de mi hija…
         No se preocupe por ello. Estoy seguro de que podremos tener una charla muy entretenida pero quisiera ver mi alojamiento para lavarme un poco que traigo todo el polvo del camino a mis espaldas.
         Pues no se hable más y acompáñeme. Es en la planta superior.
         El enano tomó la delantera y comenzó a subir las escaleras seguido de Rigoberto. Al final, había un rellano con cinco puertas que debían de ser las de las habitaciones.
         Como está todo libre puede escoger la que Vd. prefiera, joven.
         Dejaré en sus manos la elección, supuesto que conoce la casa mejor que yo.
         Entonces se alojará en la del centro que está más caliente, porque por ella pasa el tubo de la chimenea. zanjó el enano y después de pensar un momento preguntó. ¿Cenará en el comedor?
         No, sólo tomaré algo de beber, porque traigo el zurrón lleno de comida.
         El enano no dijo más, dio media vuelta y salió de la habitación cerrando la puerta tras él.
         Rigoberto se desprendió del zurrón que pesaba lo suyo y se sentó en el catre. Paseó su mirada por el cuarto y observó que había una ventana que daba al poniente, que en ese momento tenía un color rojo púrpura debido a la puesta de sol, y por todo mobiliario una silla, un perchero y un palanganero.
         En el preciso instante en que el joven se acercaba para coger el jarro del palanganero llamaron a la puerta.
         Le traigo agua y algo para secarse dijo la voz de la muchacha que conoció al llegar a la venta.
         Rigoberto abrió la puerta y la chica le tendió un lienzo limpio y planchado, al par que entraba con un cubo lleno de agua que vació en el jarro sin derramar ni una gota.
         Me llamo Anita, dijo ella si necesita alguna cosa, no tiene más que llamarme. Y se fue por donde había venido sin darle tiempo a Rigoberto de presentarse.




 
Capítulo 4.- Una charla fructífera

         Después de asearse y de descansar un poco tumbado en la cama, trazó un plan de acción para intentar limar asperezas entre el padre y la hija a quienes estaba empezando a tomar cariño. Creía que el hombre no era tan fiero como parecía en un primer momento y que, con un poco de mano izquierda, podría conseguir que la relación con su hija mejorase notablemente. Si conseguía tocarle la fibra sensible todo sería coser y cantar.
         Ya había caído la tarde y la noche se iba enseñoreando del paisaje cuando, pensando en esto, abandonó la habitación y bajó las escaleras. El ventero estaba colocando bien unos sacos que debían ser de patatas, mientras Anita se afanaba limpiando el mostrador con una energía digna de encomio. Los velones estaban encendidos y alumbraban con su luz titilante la estancia, que se mantenía caliente gracias al fuego que ardía en la chimenea, donde un caldero de cobre refulgía: debía de ser la sopa para la cena de sus anfitriones. Rigoberto había llenado una talega con viandas de las que llevaba en su zurrón para compartirlas con el ventero y su hija.
         No me vendría mal un vaso de vino, Anita dijo desde el arranque de la escalera, rompiendo el silencio que presidía la escena.
         Ahora mismo lo llevo, contestó Anita con una sonrisa bailándole en los labios.
         Rigoberto tomó asiento en una de las mesas cercanas a la chimenea.
         Por favor, señor ventero, aún no me ha dicho su nombre. Yo me llamo Rigoberto y voy camino de la ciudad para ver el río.
         El ventero interrumpió su trajín con los sacos y se quedo mirando a nuestro joven.
         Pues mi nombre es Cecilio y estaré encantado de compartir su mesa, si no es inconveniente ¿Nunca ha visto Vd. un río? preguntó.
         Por supuesto que puede Vd. compartir mesa conmigo y también se puede sentar Anita con nosotros, ¿verdad? Y les explicaré el porqué de mi viaje, a la vez que compartimos estas viandas que me regalaron mis vecinos.
         Rigoberto hizo un sucinto relato, pero no por ello exento de detalles de lo que había sido su vida hasta el presente y cómo surgió en él la obsesión por ver un río. A la vez que hablaba iba depositando sobre la mesa diferentes embutidos, amén de una cecina que debía estar riquísima y que fue cortando en trozos para ponerlos en varios platos que, a una señal suya, Anita trajo a la mesa.
         Entonces a Vd. le abandonaron cuando era pequeño, ¿no? Comentó Cecilio cuando nuestro amigo terminó su exposición.
         Así fue pero, por favor no me hable de usted que soy mucho menor, maese Cecilio, ya les he dicho que mis padres debían de ser saltimbanquis trashumantes.
         Sus padres lo que eran es unos desalmados sin entrañas. Dijo el ventero levantando la voz y con gesto iracundo. ¿Cómo se puede llamar padres a esa gentuza que abandona a su hijo indefenso en un pajar?
         Bueno, comentó irónico Rigoberto, Vd. le dijo no hace mucho a su hija que debía haberla abandonado cuando nació.
         Anita le miró horrorizada esperando de un momento a otro la furibunda reacción de su progenitor pero no fue tal sino que dos lágrimas surcaron el rostro del enano a la vez que intentaba sin lograrlo decir algo que no era capaz de articular en medio de sus sollozos.
         Permanecieron en silencio esperando que Cecilio se calmase y, cuando así lo hizo, comenzó diciendo:
         Es mi maldito carácter el que me hace cometer estas tropelías y, además, mi exacerbado orgullo me impide pedir perdón a la persona que más quiero en el mundo…
         Anita no le dejó terminar la frase y se abrazó a su padre llorando ambos de alegría por haberse vuelto a encontrar.





 Capítulo 5.- La segunda etapa

         Los primeros rayos del sol despertaron a Rigoberto que, inmediatamente, se levantó de la cama y procedió a lavarse para despejar sus cinco sentidos (no había nada como el agua fresca para hacerle afrontar el día con la máxima ilusión). Una vez se hubo vestido, se cargó el zurrón a la espalda y bajó a la sala dispuesto a pagar la cuenta y luego continuar su camino.
         Cecilio y Anita se afanaban en ordenar y limpiar todo por si algún viajero se presentaba.
Este maldito polvo del camino lo pone todo hecho un asco.
Y Vd. que lo diga, padre, no hay más remedio que baldear el suelo y limpiar a fondo los estantes y el mostrador cada día. Afirmó ella, mientras salía con un cubo de agua vacío en dirección al pozo.
¡Buenos días! dijo Rigoberto Parece que habéis empezado pronto el trabajo.
Desde luego, joven, hoy había que celebrar esta nueva etapa de colaboración que inauguramos anoche gracias a ti.
¡Buenos días! saludó Anita entrando con el cubo lleno de agua y dispuesta a baldear el suelo ¿qué tal has dormido?
Como un tronco, seguramente he roncado y todo.
Yo no me enterado; porque, con el alivio que sentí anoche, he dormido también a pierna suelta.
Pues yo tampoco he sentido nada, con la emociones de la cena me dormí como un lirón, bueno,… como una lirona. bromeó Anita.
         Cecilio, quisiera pagar mi cuenta, porque hoy me queda mucho camino por delante hasta llegar a la carretera.
         La cuenta está más que saldada, joven, después de lo que nos diste anoche, amén de invitarnos a cenar…
         Pero… trató de protestar Rigoberto.
         Ni pero ni pera, yo soy el que cobra y digo que ya está cobrada con creces.
         Pues en ese caso no se hable más y hasta la vista. se despidió nuestro amigo sin sospechar ni por asomo lo que le esperaba cuando llegase a la ciudad.
Hasta pronto, amigo, aquí estaremos cuando vuelvas a tu aldea.
         Rigoberto salió y, a buen paso, retomó el camino que le llevaría a la ciudad.
         Está claro que el hábito no hace al monje, ¿verdad, padre?
         Por supuesto que es así. ¡Cómo íbamos a pensar que un joven tan horrorosamente feo iba a tener un corazón tan bueno como sólo los mejores pueden tener!
         Padre e hija siguieron hablando y hablando deshaciéndose en elogios acerca del joven viajero que les había devuelto la felicidad que hacía tiempo habían perdido.
         Por su parte, Rigoberto continuaba caminando y, al cabo de un par de horas, se detuvo a descansar bajo unos árboles que crecían junto a un pozo.
         Al cabo de cinco o seis horas de caminata, llegó a la carretera en un lugar donde una pequeña casa ofrecía la protección de su emparrado para protegerse un poco del sol, que ya a esas horas calentaba bastante. En el emparrado había una mesa y, sentada junto a ella, una anciana pelaba patatas, mientras tarareaba con voz queda una canción popular que a Rigoberto le pareció conocida.
         Buenas tardes, buena mujer, ¿es aquí donde para el autobús para ir a la ciudad?
         Efectivamente contestó la mujer dejando por un momento su labor y mirando al joven detenidamente. ¿quiere que le prepare algo para comer? El autobús tardará todavía más de una hora.
         Muchas gracias, llevo comida en el zurrón, pero le agradecería un poco de agua fresca para beber, que estoy sediento.
         Pues el pozo es todo suyo, sírvase a su gusto, joven viajero, el agua es gratis para los caminantes.
         Charlando animadamente con la mujer se le pasó el tiempo en un abrir y cerrar de ojos y, cuando quiso darse cuenta, el ruido que anunciaba la llegada del traqueteante autobús les cortó la conversación.
         No se preocupe que parará unos minutos para que, tanto los pasajeros como el conductor, estiren las piernas y se refresquen un poco.
         Tal como predijo la anciana, el vehículo paró bajo el enorme nogal que había frente a la casa y Rigoberto pudo comprar su billete y ocupar su asiento cuando el autobús reemprendió la marcha.
         Al cabo de unas dos horas de viaje, las luces de la ciudad comenzaron a verse a lo lejos: estaba llegando a la meta.



Capítulo 6.- La Ciudad

         Rigoberto llegó a la ciudad con la noche ya entrada y, después de informarse a través del conductor acerca de un lugar donde pasar la noche, cruzó la plaza donde había parado el autobús y se dirigió directamente a un edificio de dos plantas en cuya puerta se podía leer:”Gran Pensión La Acogedora”. Pasó bajo el cartel que de forma tan rimbombante anunciaba el establecimiento y penetró en una pequeña sala donde un hombre leía un periódico tras un mostrador. Se acercó y preguntó si tenían una cama libre para dormir esa noche.
         Para esta noche sí hay una, pero la tendrá que dejar vacía mañana por la mañana, porque empiezan las fiestas y esta todo reservado desde hace tiempo. fue la respuesta del recepcionista.
Nuestro joven se mostró de acuerdo pensando en buscar al día siguiente otro alojamiento después de descansar de la tremenda caminata que se había dado para coger el autobús.
         Se acostó sin probar bocado, tal era el cansancio que sentía, y en un dos por tres estaba durmiendo como un tronco. Le despertó el sol de la mañana y se levantó de un salto para mirar por la ventana para ver si desde allí se distinguía el río, pero lo único que vio fue un patio lleno de trastos viejos. Se lavó, se vistió y, después de comer algo de lo que llevaba en el zurrón, salió de la habitación y bajó a pagar su cuenta. El recepcionista le dijo el precio y, cuando le abonó la cantidad, sólo contestó con un gruñido al saludo del joven. (¡Qué diferente de la situación que vivió la mañana anterior en la venta de Cecilio!).
         Una vez en la calle, preguntó por el río y le indicaron cuál era el camino más corto para llegar. Feliz por sentirse cerca de su ansiado destino, Rigoberto caminó en la dirección indicada hasta que, al volver una esquina, un ruido que le sonó como una música le advirtió que estaba a punto de contemplar lo que buscaba con tanto ahínco. Anduvo unos pasos en dirección a lo que parecía un bordillo alto como el que separaba las casas de su aldea y entonces lo vio.
         Se quedó como un pasmarote, la mirada extasiada y la sonrisa poco a poco aflorando a sus labios: aquel camino de agua que corría sin parar era sin duda el río. Se asomó y desde más cerca pudo ver la multitud de peces, que él sólo había visto en salazón, y aquí nadaban y se arremolinaban bajo las cristalinas aguas.
         En ese mismo instante un grito le sacó de su actitud contemplativa.
¡Mi hijo, mi hijo! ¡Que alguien le ayude! ¡No sabe nadar!
         Era una mujer la que gritaba mientras señalaba con el dedo en dirección al centro de la corriente.
         Rigoberto no se lo pensó dos veces. Soltó el zurrón y se tiró al agua vestido como estaba. Fue zambullirse en el agua y sus piernas y brazos comenzaron a moverse de una forma desconocida para él, pero que le permitió estar junto al pequeño en un santiamén. Lo cogió firmemente e, impulsándose sólo con los pies, nadó en dirección a donde estaba la madre para salir del agua y entregarle a su hijo.
La mujer no sabía si reír o llorar y se abrazó a Rigoberto llenándole de besos sin asustarse de su fealdad. Los convecinos que habían acudido a los gritos de la mujer aplaudían y jaleaban a nuestro joven como si de un héroe se tratase y en ese momento sucedió algo inesperado: Rigoberto comenzó a empequeñecer en medio del abrazo de la mujer y se escurrió hasta el suelo, salió de entre las ropas empapadas y ¡OH! se había convertido en una preciosa rana verde que, después de saludar con una reverencia, saltó al agua y se fue nadando corriente abajo.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado; pero no del todo, porque a Rigoberto le podrás ver en todos los arroyos que aún conservan las aguas cristalinas y quién sabe si, en un futuro cercano, los seres humanos seamos capaces de volver limpias y claras las aguas de todos nuestros ríos. Entonces y sólo entonces, Rigoberto volverá a bañarse en ellos para que las niñas y niños puedan disfrutar con sus piruetas, saltos y juegos acuáticos.

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