La
verdad sea dicha no era, ni con mucho, el mejor discurso que había pronunciado
pero tampoco había dispuesto de demasiado tiempo para prepararlo y, además, no
había tenido prácticamente ningún espectador si descontamos a los dos que dormitaban
en el banco que había a la sombra del ciprés de al lado y a los jardineros y el
enterrador que se movían de un lado para otro arrancando hierbas. De todas
maneras había sido una soberana estupidez que para inaugurar su propia estatua
tuviera que decir unas palabras porque los muertos no hablan y tampoco sabía a
quién se le había ocurrido la idea de pronunciar un discurso en el cementerio
el doce de octubre. Si hubiera sido el uno de Noviembre…
me gustan más así, los discursos más íntimos.... odio eso de ir al cementerio los 1 de noviembre... cualquier otro día es más tranquilo y relajante
ResponderEliminarNo podemos manejar
ResponderEliminarlos tiempos, nadie sabe cuando
le tocará la hora pero
es triste, que no se le acompañe
a un ser por más que haya
hecho en su trayectoria.
Los cementerios son frios
y vacios de sensaciones,
Besitos.-.