Por no
tener, no tenía ni ganas de cantar. Poco a poco se había quedado sola en aquel
bosque que comenzaba a perder el verde follaje, los árboles amarilleaban y las
hojas, como si fueran gotas de lluvia, iban cayendo cadenciosamente. El sol de
finales de octubre no calentaba ya como había sido habitual a lo largo del
verano. Los amaneceres se iban retrasando cada día al par que se adelantaban
los ocasos. Hasta la algarabía de los pájaros casi se había perdido por
completo y sólo algún que otro gorrión se atrevía a piar buscando a sus
congéneres. La cosa, verdaderamente, se estaba poniendo bastante cuesta arriba
para ella aunque no estaba dispuesta a rendirse. Pensó y pensó, buscó en las
profundidades de su cerebro tratando de encontrar alguna experiencia anterior
que pudiera servirle para solucionar su problema y, cuando estaba a punto de
arrojar la toalla, todo se le iluminó de pronto. ¿Cómo no se había acordado
antes? La solución estaba en la metamorfosis, estaba clarísimo que para poder
pasar el invierno sin penurias tendría que transformarse en hormiga.
No hay comentarios:
Publicar un comentario