Mientras
su padre cerraba la tapa del contenedor, sin hacer el menor ruido, la mirada de
Miguelito se iba volviendo cada vez más triste y su cuerpo pareció
empequeñecerse. Sus azules ojos se encontraron con los de su progenitor
interrogándole sin mediar palabra y éste asintió con un movimiento de cabeza y con
la misma mudez de su hijo. Cabizbajos y cogidos de la mano emprendieron el
regreso a casa. Llevaban ya cerca de dos horas y habían mirado en todos los
contenedores del barrio con el mismo resultado: Nada, se pasarían otra noche
sin cenar.
Esa es la vida que muchos presentan como ficción, JF, pero parece que cada vez es más frecuente. La huelga de basureros de Madrid puede ser el alivio de muchas hambres.
ResponderEliminarUn saludo
JM
juanmanuelsanchezmoreno.blogspot.com