No sé
el porqué pero tengo la dichosa habilidad de complicarme la vida en los
momentos más inoportunos. ¿Quién me mandaría a mí asistir a la inauguración de
la galería de arte de mi primo Ramón cuando hacía ya más de quince años que no
manteníamos relación alguna? Nada más llegar y saludar a Ramón, va mi pariente,
(con la mejor intención), y me presenta a un tipo con aspecto de mafioso al que
le sobra el dinero negro que se ha empeñado en encargarme el proyecto del chalé
de sus sueños y aquí estoy yo con los ojos como platos a las cinco de la
madrugada devanándome los sesos para buscar la manera de salir del atolladero habida
cuenta que la carrera de arquitectura la dejé en el segundo cuatrimestre y lo
que terminé fue veterinaria, pero mi primo Ramón no lo sabe y no se lo pude
decir porque el fulano me sacó de la galería y me acompañó, junto con sus dos
guardaespaldas gorilescos, a mi casa para que me pusiera manos a la obra con su
proyecto que, según dice, es urgente.
Mandar al personal a tomar viento fresco de vez en cuando suele tener efectos muy saludables de vez en cuando.
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