miércoles, 11 de febrero de 2015

Incomunicado



         Necesitaba saber lo que estaba ocurriendo fuera. Había perdido la noción del tiempo porque la estancia donde se encontraba no tenía ventanas. Su madre le encerró en la “habitación del pánico” cuando sintió a los ladrones trasteando en el salón. ¿Qué habría pasado para que su madre no volviese a por él? ¿Conocía alguien más la existencia de aquella habitación? Creía recordar que lo sabía el albañil que hizo la obra por encargo de su padre pero hacía mucho tiempo que no le veía y tal vez se hubiera ido a otro lugar o incluso podría haber muerto. Su estómago que le había maltratado durante horas parecía haberse resignado a no digerir nada porque las provisiones que había en el frigorífico se terminaron hacía ya varias horas o días o quien sabe si eran semanas… Se sentía débil, muy débil, tan débil que se le estaba pasando hasta la angustia de sentirse encerrado… Poco a poco se fue quedando dormido…
         ─ ¡Papá! ¿Tú estás seguro de que esto es un cuento infantil para que yo me duerma?

martes, 10 de febrero de 2015

Importancia de la lectura



         Los relatos son como la cocina de la abuela: todo hay que hacerlo a fuego lento, dándole su tiempo y, si es posible, utilizar algún que otro truquillo para conseguir un sabor original y desconocido que sólo se descubre cuando la abuela decide contárselo a alguien entre sus allegados para que lo utilice en el futuro.
         En el caso de los relatos la abuela está representada por los autores que uno ha leído que, de alguna manera, te cuentan sus secretos cuando les eres fiel durante bastante tiempo, por eso, para escribir es fundamental la lectura dado que no podremos sacar agua de nuestro pozo si no lo llenamos previamente. Todos los que pretendemos escribir para los demás estamos “condenados” a la feliz penitencia de leer mucho y siempre aunque esto no quiera decir que llegaremos a ser escritores de éxito porque ésa es otra historia.

lunes, 9 de febrero de 2015

Soledad



Vivía en un apartamento solo. Tomaba el café solo, el whisky solo, desayunaba solo, almorzaba solo y cenaba solo. Sólo tenía un hermano, sólo un sillón, sólo un sofá y sólo una cama. Sólo tuvo una ilusión, sólo tuvo un amor y sólo tuvo un desengaño. Se paseaba solo, viajaba solo y trabajaba solo. Llegó a sentirse tan solo que hablaba solo. Era el paradigma de la soledad.

sábado, 7 de febrero de 2015

Suena la campana



         Muy a su pesar tuvo que reconocer que no debía haber emprendido el camino tan tarde. Sus amigos le advirtieron que no le daría tiempo de llegar antes de que se hiciese de noche pero su proverbial cabezonería le hizo tomar la decisión equivocada. No era la primera vez que hacía caso omiso a los consejos de los demás y, seguramente, no sería la última, a menos que… no, seguramente no sería la última, pensó para sí tratando de alejar malos augurios.
         Decían que en aquél bosque moraban espíritus malignos que devoraban a quien se aventurase en él durante la noche, pero no,… todavía no era de noche y, además, ella no creía en los espíritus y demás zarandajas que sólo existían en las mentes incultas de los habitantes de aquella aldea donde había pasado las vacaciones de Navidad.
         Quería llegar al apeadero del ferrocarril que se encontraba al otro lado del bosque, a unos cinco kilómetros de la aldea, para tomar el tren de las siete y dirigirse a su casa. Había pasado una semana en casa de sus tíos y, la verdad sea dicha, le había venido de perlas para descansar y despejar su cerebro que tenía medio embotado de tanto estudiar para preparar las oposiciones.
         El sol se iba poniendo lentamente y la oscuridad iba ganando terreno a la luz del día que acababa. Debía de estar muy cerca de la estación porque, aun llevando a cuestas su mochila, había caminado todo lo deprisa que era posible.
         Por fin, cuando el atardecer estaba a punto de convertirse en noche, el bosque se aclaró y pudo divisar el edificio de la estación a menos de cien metros. Miró su reloj, eran las siete menos cinco minutos, y un suspiro de alivio se escapó de su boca: había llegado justo a tiempo.
         Entró en la pequeña sala de espera apenas iluminada por la mortecina luz de una bombilla llena de mugre y telarañas y buscó la ventanilla para comprar el billete. Estaba cerrada a cal y canto y, aunque golpeó para que la atendiese alguien, no obtuvo respuesta. Miró a su alrededor y entonces descubrió el cartel:
         “Los viajeros para el tranvía de las siete de la tarde tendrán que sacar sus billetes en el tren”.
         Así rezaba el anuncio escrito con letras mayúsculas medio borrosas.
         Se dispuso a esperar y, de pronto, sonó la campana del andén avisando de la llegada del convoy, pero (se sobresaltó) ¿quién hace sonar la campana?

viernes, 6 de febrero de 2015

Quien avisa…



         No quería que le llamasen de aquella manera. Estaba ya harto de aquél apelativo por muy cariñoso que fuese, como alguien le volviese a decir “Misito gatito” se iba a poner a ladrar hasta quedarse afónico.

jueves, 5 de febrero de 2015

Llegó tarde



Diez y cuarto y no llega,
diez y media,
esta noche se viene retrasando.
Menos cuarto las once
mas no está
y el teléfono suena,... voy volando
lo descuelgo... ya es tarde,... ya colgó,...
la inquietud me devora, me corroe.
Media noche, sus llaves siento al fin
luchando con la puerta,... al fin se abre.
La siento en la cocina trastear
buscando en la nevera los fiambres.
Me relajo y me vuelvo a acurrucar,
la “niña” duerme en casa,... volvió tarde.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Si lo sé, no vengo



         La verdad es que llevo ya esperando más de media hora y lo peor es que no sé lo que espero realmente porque cuando me citaron no me dieron mucha información que digamos o, tal vez, no les dí tiempo para que me la dieran y es que estoy tan desesperado buscando una solución que ya no tengo paciencia para escuchar a nadie.
         Ahora me asalta una duda tremenda: ¿La cita era para hoy o para mañana?

martes, 3 de febrero de 2015

Verdades que hacen daño



Tuvieron que venir de fuera, sí de fuera, de otro sitio que no es el mío,… que no es el nuestro, para decirle lo que yo no quería que supiese, que no se enterase,… y tuvieron que venir de fuera para decírselo, para hacerle daño, un daño que yo nunca hubiera querido que sintiera en sus entrañas, que le doliese. ¡Maldita sea! ¿Por qué? Si ellos ni siquiera la conocían, si tuvieron que preguntar por ella en todas partes hasta que les dieron norte para que la encontraran, y se lo dijeron, a bocajarro, sin miramiento alguno… ¿Por qué tuvieron que decirle que era fea?

lunes, 2 de febrero de 2015

Siempre habla quien más tiene que callar



         Hoy he sabido que hay alguien que despectivamente se ha referido a los integrantes de la tertulia del los lunes en Radio Palma dejando entrever que no son personas suficientemente formadas para opinar sobre temas de actualidad. Ese alguien ni siquiera fue capaz de terminar el segundo ciclo de la EGB en el Colegio Séneca que ahora parece defender cuando él nunca valoró lo que muchos docentes intentaron para poder educarle en los valores democráticos en aquél Centro que, según mucha gente, fue un Centro Ejemplar y Diferente. Si hubiera aprendido lo que allí se le intentó enseñar, jamás hubiera hablado despreciativamente de personas que llevan dedicándose en cuerpo y alma desde hace muchos años a esa profesión tan noble como es la de informar a los demás.
         No quiero polemizar pero sí tenía que poner las cosas en su justo sitio y no pienso seguir hablando desde este foro sobre el asunto.

domingo, 1 de febrero de 2015

¡Vaya mañana!



El viento no había dejado de soplar con fuerza durante toda la noche. La lluvia hizo acto de presencia al amanecer y sus gotas acompañaban a las rachas de viento azotando las casas y las calles. El agua lavaba las aceras y el viento barría las hojas que no cesaban de caer y que, en un círculo vicioso, llenaban el suelo para que la siguiente ráfaga volviese a llevárselas dejándolo todo limpio por un instante.
Angélica tiró el paraguas destrozado y se envolvió lo mejor que pudo en su abrigo para intentar protegerse de la mojadura que, si no lo remediaba nadie, iba a ponerla como una sopa en menos tiempo del que necesitaba para llegar a la parada del autobús donde podría cobijarse.
Un relámpago iluminó la calle que comenzaba a aclararse con el alba y el horrísono trueno que siguió pareció ser la señal de algún ser superior que hizo parar la lluvia de inmediato al par que el viento se calmaba. Las nubes se disolvieron dejando paso a un cielo azul que se iba iluminando más y más a medida que la luz del sol iba expulsando a las tinieblas.
Angélica no podía dar crédito a lo que sus ojos le mostraban. Aquello no podía ser verdad, seguramente estaba soñando, pero no, el sonido del claxon de un automóvil que casi la atropella, le hizo tomar conciencia de que aquél extraño fenómeno meteorológico estaba sucediendo en realidad y en ese mismo instante.
La parada del autobús estaba ya a menos de cincuenta metros. Fue llegar a ella y el ómnibus se presentó de inmediato. Subió, pagó su billete al conductor y ocupó uno de los asientos que estaban vacíos. Mientras se sacudía las gotas de su abrigo miró a su alrededor y su sorpresa fue mayúscula: todos los viajeros vestían ropas de verano.