Ayer a
las doce de la mañana aproximadamente se cumplieron treinta y ocho años del día
que Martina y yo nos casamos. Fue un día de calor de esos que se recuerdan
durante mucho tiempo y nos pasamos la “noche de bodas” cada uno en una de las
terrazas que tenía el piso que alquilamos en Córdoba para vivir.
Lo más
sorprendente del caso es que Martina siga soportando los múltiples defectos que
me adornan y, sobre todo, mi falta de afición por la cocina. Yo trato de
compensarla en lo posible con mis “habilidades” en el campo de la jardinería y
produciendo productos hortícolas pero sé
que esto no es comparable al intenso trabajo de llevar una casa que durante
bastantes años compatibilizó con su trabajo en la escuela.
Espero
que no se canse y dentro de doce años celebremos las “Bodas de Oro”.