sábado, 2 de septiembre de 2017

COMO EL AMOR PRIMERO



Quiero que seas mi papel en blanco
donde pueda escribir con mis caricias,
donde pueda llenarte con mis besos
porque quiero leerte con mis manos
como si fuera un ciego,
porque quiero borrarte con mi boca
los renglones torcidos,
los que nunca debieron escribirse,
los que hablan de odios y amarguras,
de penas o lamentos.
Quiero quererte plenamente
con la frescura del amor primero,
con el temblor de los primeros tocamientos,
con el deseo a flor de piel,
con la pasión que se desboca
y no obedece a ningún freno.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Epílogo



Adolfo releía por enésima vez la carta de María cuando unos golpes en la puerta vinieron a sacarle del bucle en el que se había metido su cerebro.
Abrió la puerta del estudio y allí estaba ella:
─ Don Adolfo, si Vd. tiene la bondad puede bajar cuando quiera al comedor que la cena ya está lista…
─ Menos guasa, Pepa, ni tanto ni tan calvo, que siempre hay medias tintas.
─ No le he entendido ni papa, pero si Vd. lo dice… Bueno, ¿sirvo la cena o no sirvo la cena?
─ Sí, ve sirviendo la cena que yo bajo en cuanto me lave las manos.
Adolfo, después de las abluciones, bajó al comedor y ambos cenaron en absoluto silencio.
─ Bueno, ¿es que no puedo enterarme de nada de lo que está pasando?─ Soltó Pepa que estaba ya a punto de sufrir un infarto.
─ Pues que la señorita María no tiene ni la más mínima intención de casarse conmigo. ─ Resumió Adolfo.
─ Entonces el problema ya está arreglado, ¿no?
─ La verdad es que no lo sé.
─ ¡Cómo que no lo sé! ─ Le remedó Pepa con guasa.
─ Pues sí, Pepa, no lo tengo tan claro. Sobre todo desde que estoy empezando a conocer a la señorita María, no lo tengo nada de claro…
Pienso que será mejor dejarlo aquí, mientras Adolfo sigue pensando en María y Pepa sigue pensando que él está loco de atar, aunque tal vez entre Adolfo y María pudiera contarse otra historia.

jueves, 31 de agosto de 2017

La carta



Adolfo y el cura se miraron como para decirse sin palabras lo que era evidente a todas luces, que tenía que tratarse de noticias sobre María.
El notario hizo un inciso, tomó aire y continuó su parlamento:
─ Esta mañana me ha llegado un envío postal con dos cartas dentro, una dirigida a mí y otra para don Adolfo a quien voy a hacer entrega de ella en cuanto les lea la misiva dirigida a mi persona que dice así:
“Muy señor mío:
En respuesta a la carta que Vd. me remitió el pasado lunes le confirmo que mi estado civil es el de soltera, lo cual espero que tranquilizará sobremanera a mi tío Matencio que supongo habrá sufrido con la duda durante todo este tiempo.
He de confesarle que yo sabía que mi prima Lucía estaba casada pero fui cobarde y no la delaté. Hablé con ella para tratar de disuadirla de que siguiera con el engaño pero fue imposible, ella me dijo que al final se sabría todo pero mientras tanto quería aprovechar para sacarle algo a don Adolfo.
Estoy profundamente avergonzada de mi actitud que no casa en absoluto con mi forma de ser.
Le envío otra carta personal para don Adolfo donde le doy toda clase de explicaciones. Hágasela llegar a la mayor brevedad posible.
Apenada, avergonzada y agradecida le saluda atentamente. María”.
Como quiera que Adolfo no hizo intención de leer su carta, los demás entendieron que quería leerla a solas. No obstante el notario se dirigió al joven y le dijo:
─ Espero que tendré noticias suyas para saber a qué atenerme en lo tocante al testamento de su señora madre. Ya sabe que queda menos de un mes para que se cumpla el plazo.
─ No se preocupe que, a la mayor brevedad, tendrá la información que necesita… y Vd. también, don Matencio, no crea que le olvido.
Salió escopeteado hacia su casa y, cuando entró, se encerró en el estudio después de indicar a Pepa que no estaba para nadie.
La pobre Pepa se quedó con la palabra en la boca pues llevaba todo el rato esperándole para preguntar sobre el asunto.
Adolfo abrió el sobre y sacó el único papel que había dentro. Comenzó a leer:
“Apreciado señor:
La verdad es que no sé muy bien cómo comenzar esta carta una vez sabido por Vd. la traición que supone el haberme callado lo de mi prima Lucía.
Sí quiero decirle que no he tenido ni tengo la intención de engañarle porque esa no es mi forma de ser y tampoco creo que Vd. se lo merezca pues le tengo por una persona buena y generosa o, al menos, eso es lo que me ha trasmitido mi tío Matencio.
Sé que el señor notario no les habrá leído el párrafo en el que explico que no me quiero casar con Vd. por el mero hecho de que así lo haya querido su madre, al fin y al cabo no nos conocemos de nada y sería una aventura innecesaria tomar el camino del matrimonio para desembocar quizás en un desastre del que saliéramos los dos perjudicados. A lo mejor, en un futuro, si nos conociéramos verdaderamente podríamos llegar a convertirnos en marido y mujer pero eso no pasará en el mes escaso que queda para que se cumpla el plazo que daba su madre en el testamento.
Espero que esta negativa mía, junto con el descubrimiento del estado civil de mi prima, sean justificación suficiente para dejar sin efecto la manda de su señora madre.
Deseando que comprenda mi situación le saluda afectuosamente. María.

miércoles, 30 de agosto de 2017

La cita del notario



Los días siguientes fueron para Adolfo un auténtico martirio por las sensaciones encontradas a las que su espíritu se sentía sometido. Por una parte, no le parecía del todo mal el casarse con María, la chica era monísima y algo más joven que él, nada que ver con su prima Lucía que lucía un cuerpo amorfo y sin los atributos que suelen atraer la atención de los hombres. Pero, por el contrario, no le apetecía en absoluto tener que casarse por precepto materno sin que nadie le hubiera pedido su opinión al respecto.
Estaba leyendo las versiones digitales de sus diarios preferidos cuando escuchó que sonaba el timbre de la puerta. Sintió los pasos de Pepa que se dirigía a abrir.
Pepa abrió la puerta y se encontró de manos en boca con el muchacho que hacía los recados de la Notaría:
─ Esta carta la envía mi jefe para el señor marqués y es muy urgente ─ Fue lo primero que dijo alargando un sobre a Pepa.
─ ¡Qué marqués ni que ocho cuartos, idiota! ─ Le increpó la fámula. ─  Don Adolfo no es marqués ni nada de eso, es… pues don Adolfo y basta.
─ Verá… yo… ─ tartamudeó el mensajero ─ como todos en el pueblo le dicen “el Marquesito”…
─ Eso son tonterías de gentes analfabetas, y baje la voz que si se entera que Vd. le ha llamado así…
Recogió el sobre y le dio con la puerta en las narices al chico que aún seguía con la boca abierta y cara de tonto.
─ Adolfito,… perdón, don Adolfo, acaba de llegar esta carta del señor notario y según parece debe ser importante porque el que la ha traído ha dicho que era urgente.
─ Pepa, por favor, no me digas Adolfito que tengo ya casi cuarenta años. Dame la carta.
Pepa rezongó algo por lo bajini en referencia a lo de Adolfito y se perdió por la galería que daba al patio.
El sobre sólo contenía un breve mensaje de don Lionel citándole en sus oficinas a las seis de la tarde.
Es de suponer que Adolfo debía estar que se subía por las paredes pero voy a dejar que el tiempo transcurra hasta el momento en que Adolfo y don Matencio, el cura, estaban reunidos de nuevo con el notario. Esto sí parece ya una verdadera novela.
─ Pues bien, mis queridos amigos ─ Comenzó el notario ─ supongo que estarán intrigados por el motivo de mi citación

martes, 29 de agosto de 2017

Compás de espera



El reloj del Ayuntamiento comenzó a desgranar su letanía de doce campanadas cuando Adolfo llegaba a las puertas de la Notaría. Ocupaba ésta una antigua casona de dos plantas que, según decían, habría pertenecido a la familia del Marqués del Balconcello durante siglos y ahora, una vez comprada por el Ayuntamiento y remozada, formaba parte del Patrimonio Municipal que se la tenía alquilada al señor Notario.
Miró en dirección a la casa parroquial que estaba adosada al edificio de la iglesia y vio venir a buen paso a don Matencio que llegaba “con la hora pegada al culo” como suele decirse por estos lares. Esperó a que el clérigo llegase y juntos penetraron en las oficinas de don Lionel, el notario.
Una vez en el despacho, don Matencio tomó la palabra para explicar cómo la “lagarta” de su sobrina Lucía le había tenido engañado acerca de su estado civil, Dios sabe con qué negras intenciones.
Don Lionel no tuvo dudas al respecto y declaró con su voz engolada que la primera parte de la manda era imposible de cumplir pues ya sea muerta o casada, Lucía dejaba de ser candidata al matrimonio con Adolfo. Habría que pasar turno comunicárselo a la segunda sobrina del cura, esto es, a María.
Este era un buen momento para recapitular y ver la historia con perspectiva con el fin de ir definiendo el final, así que se levantó de su silla de trabajo y se dirigió a la cocina canturreando esa melodía que se metía por todos los resquicios desde hacía unos meses: “Despacito… “.
Se preparó un opíparo desayuno para reparar el desgaste fruto de la elaboración literaria y se sentó a dar cuenta de él mientras escuchaba en la radio las últimas noticias.
Notario, Cura e Interfecto quedaron pues de acuerdo en que sería el fedatario el encargado de comunicar la noticia a la señorita María Fina.
Adolfo se despidió de don Matencio en la misma puerta de la Notaría y se dirigió a su casa donde hizo un sucinto relato a Pepa de lo sucedido, más que, porque tuviera necesidad de informarla, por ver si a la fámula se le ocurría alguna idea para solucionar la papeleta dado el buen tino que tuvo para descartar a la primera candidata, pero Pepa no dijo ni “mu”, asintió indicando que se daba por enterada y se fue a la cocina para seguir con la preparación del almuerzo.

lunes, 28 de agosto de 2017

El segundo problema



Mientras almorzaba su cabeza no dejaba de buscar soluciones. ¿Y si se casase con la otra sobrina del cura sin más ambages? Así todo quedaría solucionado pero ¿cuál sería el camino para que el protagonista se convenciera de ello?
“No, no y no, ¿no habíamos quedado en que había que dejar libres a los personajes para que ellos decidieran por sí mismos?” se recriminó. Sería mejor dormir una siestecita y luego continuar con la novela.
Soñó el principio del desenlace:
Adolfo sintió una punzada en el cerebro al escuchar las palabras del sacerdote. Seguía abocado a una situación que no deseaba…
Acompaño al clérigo hasta la puerta y allí le despidió conviniendo con él que deberían verse en la Notaría al día siguiente.
¿Quiere Vd. que le prepare algo para cenar?  La voz de Pepa le sacó de sus pensamientos.
Pues sí, Pepa, lo mejor será cenar temprano y meterme en la cama para descansar que mañana será otro día.
Despertó de pronto como si ya fuese hora de levantarse y se sorprendió porque sólo eran las cuatro de la madrugada. Pensó en volver a acostarse pero al fin decidió levantarse y escribir lo que había soñado.
La luz de la mañana entraba a raudales por la ventana cuando Adolfo abrió los ojos. Consultó el reloj de la mesita de noche y observó que eran ya las diez de la mañana.¡Había dormido casi doce horas sin parar! Tenía que prepararse para acudir a la Notaría… Pero no había quedado a ninguna hora… Desayunaría y llamaría a don Matencio para concretar.
Tras una breve conversación telefónica con el cura quedaron citados a las doce del mediodía puesto que don Matencio ya había solicitado la reunión con el notario a esa hora.
Ahora sí podría transcribir uno de los párrafos que había dejado abandonados al comenzar a escribir su novela:
Siempre había pensado que no debía eternizar las esperas porque sólo podría conseguir desasosiego e incertidumbre cuando lo que necesitaba su espíritu era embriagarse con el éxito para, de una vez por todas, dejar atrás el periodo de frustración en el que se encontraba inmerso desde hacía la lectura del testamento.
Releyó varias veces el texto y le hizo pequeñas modificaciones hasta que quedó contento con el resultado. Y ahora quedaba darle solución al segundo problema: María Fina.

domingo, 27 de agosto de 2017

Parte de la solución



Don Matencio y el deseado correo electrónico de la Agencia de Detectives llegaron al unísono a casa de Adolfo. Fue sonar el timbre de la puerta y aparecer el informe en la bandeja del e-mail, de tal manera que Adolfo no pudo echar ni un vistazo siquiera antes de que el cura hiciera su aparición en el estudio seguido de Pepa.
─ Bien, aquí estoy, ─ dijo un tanto malhumorado el sacerdote. ─ ¿Qué tripa se te ha roto para que me hagas venir con tantas prisas?
─ Buenas tardes, don Matencio, tome asiento y discúlpeme por haber sido tan vehemente, pero creo que el asunto merecía las prisas.
─ Pues dime, dime, que soy todo oídos ─ dijo el párroco tomando asiento mientras Pepa hacía ademán de abandonar la habitación.
─ No se vaya, Pepa, que Vd. también debe ser parte de la solución. ─ Y volviéndose hacia el cura comenzó. ─ Este es un correo electrónico que acabo de recibir de una Agencia de Detectives que contraté esta misma tarde… 
─ ¿Y para leerme un correo electrónico me hace venir?
─ Poco a poco, don Matencio, que la cosa tiene miga y se refiere a una de sus sobrinas, la tal Lucía con la que debería casarme según deseo expreso de mi madre…
─ Muy buena, limpia y hacendosa que es la chica. ─ Comentó el clérigo.
─ Sí, sí,  no lo dudo, pero aquí dice que está casada desde hace seis años y, amén de su marido, tiene un hijo de cinco.
La cara del cura era como un arco iris, primero se puso lívido y luego fue pasando por el amarillo y el verdoso hasta llegar a un rojo encendido:
─ ¡¡Cómo!! Pero eso es imposible. Si a mí no me ha dicho nada y soy su tío. Tráigame un vaso de agua, Pepa, que estoy al borde del infarto. ─ Suplicó con un hilo de voz.
Pepa salió corriendo hacia la cocina para traer el vaso de agua mientras el párroco trataba de digerir la noticia que Adolfo le había endosado a bocajarro.
─ Pero, pero,… ¿eso es verdad? ─ Consiguió articular don Matencio.
─ Totalmente.
─ ¿Pero cómo se le ocurrió contratar a una agencia?
─ Porque Pepa me manifestó una sospecha que le había comunicado accidentalmente una antigua compañera de mi difunta madre.
─ Doña Conce. ─ Terció Pepa que acababa de volver de la cocina.
─ No hace falta dar nombres, Pepa. ─ Gruñó Adolfo enfadado.
─ Pues si esto es cierto, y ya no me cabe la menor duda, ─ intervino don Matencio ─ Vd. queda liberado de casarse con Lucía… pero tendrá que contraer matrimonio con mi otra sobrina, María.
Ahora tendría que pensar cómo solucionar la segunda parte del problema, pero sería después de comer y descansar un poco.

sábado, 26 de agosto de 2017

Aclarando el futuro



Su corazón latía como un caballo desbocado. Al fin estaba seguro de la verisimilitud de su relato y comenzaba a compartir emociones con su personaje.
Adolfo se quedó de una pieza después de haber escuchado a Pepa. Su pulso se aceleró y sintió sus sienes golpeando a la vez que su corazón se disparaba:
─ Pero,… pero, Pepa,… pero esto es la solución de mis males, Pepa de mi alma. Manda aviso al señor cura y dile que quiero que venga a casa para decírselo. Pero tú no le anticipes nada.
Pepa salió como un tiro en dirección a la casa parroquial para dar cumplimiento a las órdenes del joven y antes de que pasase media hora estaba de nuevo en la casa comunicándole a Adolfo que don Matencio vendría después de la misa de ocho.
Mientras esperaba la visita del sacerdote, Adolfo no perdió el tiempo y, a través de Internet, contrató los servicios de un detective privado que averiguase todo lo posible y a la mayor brevedad sobre la señorita Lucía Basta que vivía en el barrio Nuevo de la Capital de la provincia.
A media tarde le pidió a Pepa que le hiciese una tila porque su estado de excitación iba en aumento. Sea por el efecto de la infusión o por la música relajante que puso en su equipo de música, el caso fue que se quedó dormido y sólo despertó cuando, a eso de las ocho y cuarto, sonó el teléfono y Pepa de comunicó que le llamaba un tal Fuentes de una agencia de “no sé qué” privados.
Dio un respingo y se puso al teléfono:
─ Sí, dígame, soy Adolfo Pérez de la Caza. ─ Dijo presa de un nerviosismo que le hacía temblar la voz.
─ Bien, es para decirle que la señorita en cuestión no es tal señorita sino que es señora desde hace seis años nada menos. Le enviaremos el informe por e-mail si le parece bien.
─ Estupendo, ─ contestó Adolfo y cortó la comunicación. ─ ¡Caray, se me olvidó darle las gracias!
Se sentó delante del ordenador y esperó impaciente la llegada del correo electrónico.
¡Vaya subidón!, Ahora sí que la novela casi se me ha ido de las manos. Mis personajes están haciendo la historia por sí mismos. Mejor será descansar un poco y seguir escribiendo más tarde, dijo para sus adentros. Cogió la gabardina y el paraguas y salió a dar un paseo bajo la lluvia.

jueves, 24 de agosto de 2017

Toma de decisiones



“La constancia y la perseverancia son el origen de las mejores historias”. “El escritor debe enfrentarse a la hoja de papel en blanco cada día”. Eran consejos que afloraban a su memoria y que le daban un acicate nuevo para seguir trabajando en su novela.
El cerebro de Adolfo era un hervidero de ideas encontradas. Salió de la Notaría acompañado de Pepa y sin despedirse de nadie. Estaba totalmente abrumado por lo que acababa de escuchar de boca del Notario y necesitaba estar a solas y en su casa para poner orden en su cabeza y pensar con claridad en lo que se le venía encima. Estaba claro que, ni de lejos, se habría podido imaginar el “regalito” que su difunta madre le había legado.
Dado que la Notaría no estaba lejos de su domicilio, no tardó ni quince minutos en estar encerrado en su estudio después de darle orden a Pepa de que no le molestara nadie.
Ahora había llegado el momento de ordenar sus pensamientos y comenzar a pergeñar el plan a seguir para evitar males mayores y salir indemne de aquél trance.
Cuando, después de varias horas dándole vueltas al tema, salió de su encierro voluntario se encontró con que Pepa le estaba esperando en la misma puerta del estudio:
─ Señorito Adolfo ─ dijo la buena mujer sin poder contenerse. ─ Tengo una noticia que seguramente le va a ayudar a arreglar el problema.
─ Dime, Pepa, y, por favor, no me llames señorito, me dices don Adolfo o Adolfo a secas cuando no haya nadie delante, que llevamos demasiados años juntos.
─ Pues han venido a darle el pésame doña Pura y doña Conce, ya sabe, las antiguas compañeras de la escuela de cuando su madre era maestra…
─ Ya sé quienes son, pero abrevie que no tengo todo el tiempo del mundo.
─ Bien, como Vd. me dijo que no le molestara nadie, pues les he dicho que estaba sesteando y las he pasado al gabinete de su señora madre para que tomaran un refresco, porque hace una calor…
─ Abrevie, Pepa, abrevie, vaya al grano, por favor, y ahórrese los detalles.
─ Pues nada, abrevio, como Vd. dice. El caso es que me preguntaron por las señoritas Lucía y María que las habían visto en la iglesia y no sabían quiénes eran…
─ Me está Vd. sacando de quicio. Al grano, Pepa, al grano.
─ Eso mismo, al grano. El caso es que les conté lo del testamento…
─ ¡¡Pepa!! ¡¡Por Dios!! ¡Con lo cotillas que son…!
─ Pare el carro, don Adolfo, y cuando termine con el cuento, me riñe Vd. todo lo que quiera.
─ Vale, Pepa, vale. Continúe con el “cuento”.
─ Pues resulta que doña Conce dice que ha visto a la señorita Lucía en la ciudad, en el barrio donde vive su hija…
─ Bueno y  ¿eso es importante?
─ Calle, calle que ahora viene lo mejor. ─ Pepa hizo un inciso para tomar aire y darle más emoción a su discurso. ─ Digo que la vio en el barrio donde vive su hija paseando por la calle con un señor del brazo y un niño de corta edad de la mano.
            Esto ya tenía mejor pinta. Estaba prácticamente seguro de que estaba en el buen camino. Su protagonista estaba cobrando vida a medida que continuaba la narración.

miércoles, 23 de agosto de 2017

La sorpresa de Adolfo



La cara de Adolfo era un poema cuando el Notario terminó de leer el testamento. La sorpresa también estaba pintada en los rostros de las dos jóvenes pero el párroco permaneció inmutable por lo que podría suponerse que era conocedor del contenido, no en vano era el confesor de Doña Luisa y también su único amigo conocido y lo mismo ocurrió con Pepa que también estaría al corriente.
Este era el momento de darle la máxima tensión al relato para enganchar definitivamente al lector y llevarle en volandas a un desenlace sorprendente. Pero ¿cómo? Trató de recordar lo aprendido a lo largo de la infinidad de cursos y talleres que había realizado para intentar convertirse en un verdadero escritor. Nada, fue imposible y, a medida que lo seguía intentando, su nerviosismo se multiplicaba.
¿Sería el momento de incorporar el párrafo aquél de: “Adolfo no sentía una especial atracción por Lucía pero, en vista de que debía hacer caso a los deseos de su madre, tendría que hacer de tripas corazón y casarse con ella…”?
No, decididamente no, aquella actitud conformista no llevaría a ningún final imprevisible. Aquello sólo desembocaría en una historia manida y ramplona. Tenía que buscar un camino alternativo para no caer en la vulgaridad.
¿Y si dejaba en libertad a su personaje para que él decidiese el camino a tomar? ¿No era eso lo que sucedía en la realidad? ¿Pero cómo podría liberar al personaje? ¿Cómo hacerle vivir una vida que en realidad no tenía? Sobre todo ¿cómo hacerle vivir?
Esto era, al fin y al cabo, lo que sus maestros no se cansaban de repetirle: “La historia tiene que ser creíble pero sin dejar de estar llena de vida”.